lunes, 6 de julio de 2015

De Chile, el Perú, el olvido y el perdón.

No se trata de chauvinismo ni xenofobia, menos de odio. Tampoco de hurgar en las heridas ni de poner el "dedo en la llaga". Se trata de resentimiento, sí, ese sentimiento que nos embarga cuando alguien cercano a nosotros nos traiciona, se aprovecha de una situación de debilidad y saca ventajas indebidas, deshonestas y ruines. Entonces no cabe más que esperar que el otro, aquel que considerábamos un amigo, o quizás hasta un hermano, demuestre su hidalguía, reconozca sus errores, haga un mea culpa y ofrezca las disculpas que el caso amerita. Todo eso esperamos, creo que yo, los peruanos, de nuestro vecino país del sur.
Sin ánimo de victimizar a la patria y en honor a la verdad, recordemos que el conflicto mal llamado "Guerra del Pacífico", por cuanto si bien empezó en las aguas del Océano Pacífico sin embargo, hubieron también las llamadas campañas terrestres, tuvo su origen en intereses meramente económicos. ¿Del Perú? ¿De Bolivia? Obviamente que no. Una guerra en la cual nunca pedimos participar, pero que, sin embargo, sirvió de pretexto para el gobierno chileno para invadir nuestro territorio hasta llegar a la gran Lima. Recordar las atrocidades de la guerra no vienen al caso. Son muchos los episodios trágicos que los historiadores han perennizados a través de sus investigaciones y de los que, acaso, el peruano promedio conozca o haya leído alguna vez. Por citar algunos ejemplos, la Biblioteca Nacional fue incendiada y saqueada por los invasores, tanto que al día de hoy guardan el botín robado y hasta lo hacen aparecer como suyo. Recordemos la chilenización durante el cautiverio de las ciudades de Tacna y Arica, otro pasaje cruento de nuestra historia poco conocida por los ciudadanos del país, salvo por los tacneños.
Recordemos también la venta de armas al Ecuador en pleno conflicto con dicho país, cuando Chile era incluso país garante del Protocolo de Rio de Janeiro de 1942 (Protocolo de paz, amistad y límites entre Perú y Ecuador).Chile no solo no se portó bien con el Perú, no se trato solo de una traición, sino de una falta de decoro por su condición legal ante el conflicto suscitado.
Pero regresemos a lo que debería importarnos hoy como país: las relaciones bilaterales con Chile. Si bien en el ámbito económico estas discurren con total normalidad, puesto que son muchas las inversiones chilenas en nuestro país que operan con la anuencia no solo del Gobierno, sino del mismo consumidor peruano, así como el intercambio de personas entre ambos países que se refleja, de manera preponderante, en los cientos de miles de compatriotas que emigran a tierras mapochas en busca de mejores oportunidades laborales, así como la afluencia de chilenos que diariamente cruzan la frontera con Tacna en busca de bienes y servicios más económicos que los de su país; sin embargo, el ciudadano de a pie, y me refiero de ambos países, siente una animadversión casi congénita por el ciudadano del país vecino. Cada quien tiene sus razones, fundadas o no, pero lo cierto es que el antichilenismo, en el caso del Perú, se refleja cada cierto tiempo en contextos de los más variados y de distintos ámbitos, como es el fútbol, el diferendo marítimo, el problema de las denominaciones de origen, los casos de espionaje secreto en nuestras fuerzas armadas, y un largo etcétera que demuestran que existe una relación, si bien pacífica entre nuestras naciones, no del todo saludables ni bienintencionadas.
Y entonces quiero volver al comienzo de este post. Me referí al resentimiento, hable de traición, mencioné la ventaja indebida y ruin, a lo que debo agregar el perdón. Y es que si en algo estoy convencida, es que Chile nos debe unas disculpas, reales y honestas. Muchos dirán que devolver el "Huáscar" debería ser un acto de desprendimiento e hidalguía por parte de las autoridades chilenas, sin embargo el símbolo de nuestra Marina de Guerra del Perú, también lo es para los chilenos. No sólo lo consideran un trofeo de guerra. Es también el lugar donde murió su máximo héroe, el General Prat en la Batalla de Iquique, y fue también utilizado por Chile en la Batalla de Arica. A lo que debemos agregar que, del monitor Huáscar que peleó su última batalla en Angamos con bandera peruana, solo queda el casco, pues los chilenos remodelaron el mismo para utilizarlo en los enfrentamientos que prosiguieron. Duele saber que el emblema de nuestra Marina de Guerra, comandada por el Almirante más recordado y respetado por los peruanos, es también un baluarte para los chilenos, pero es la verdad.
Vuelvo a incidir en el perdón. Gesto que ennoblece el alma para quien lo ofrece. Porque solo el hombre es capaz de reconocer que hizo mal y tratar de enmendar el daño ocasionado. Algunos dirán que es una guerra, que esta tiene sus propios códigos y normas, que no cabe el perdón porque el enfrentamiento involucró a ambas naciones y hubo bajas humanas de ambos lados. Sin embargo, no fue el Perú quien declaró una guerra, no invadió a ninguna ciudad chilena, no llegó a Santiago a provocar desmanes y saquear bibliotecas. Fue Chile, quien, por intereses puramente económicos y bajo el pretexto del tratado secreto entre Perú y Bolivia, declaró la guerra al Perú, un país que ya venía golpeado por una crisis económica y la corrupción de sus autoridades.
No se trata de ganadores o vencedores. Se trata de sentir verguenza por los errores del pasado y de no querer borrar la historia ni contarla de manera antojadiza y como mejor convenga.
Muchos nos preguntamos cómo un continente azotado por las dos guerras más crueles de la historia, hoy en día goza de una relativa paz y han formado, con sus aciertos y deficiencias, un mercado, autoridades y moneda común: la Unión Europa. Cómo si apenas hace 80 años, millones de europeos morían en campos de batalla, sufrían la destrucción de sus ciudades y eran testigos y víctimas del holocausto nazi. Por eso es pertinente resaltar las figuras de Willy Brandt y Konrad Adenauer, entre otras autoridades alemanas, que al día de hoy, han pedido perdón en nombre de su nación, por las barbaries cometidas por sus compatriotas en la Segunda Guerra Mundial, a países como Polonia, Israel y Rusia. Tan cierto es que, en mayo de este año, coincidiendo con la conmemoración del 70° aniversario de finalización de la Segunda Guerra Mundial, el ministro de relaciones exteriores alemán pronunció estas palabras en Volgogrado, Rusia: "Como alemán, me inclino ante las víctimas. Me inclino de luto. Pido perdón en nombre de Alemania por el sufrimiento inconmensurable que los alemanes trajeron aquí, en esta ciudad y en toda Rusia, en todas las partes de la antigua Unión Soviética que ahora son Ucrania y Bielorrusia, y en toda Europa". Y es así como se va forjando la paz. Con el reconocimiento de las atrocidades cometidas. Con la promesa que no volverán a ocurrir. Con la mención de que las disculpas se ofrecen a nombre de hombres y mujeres fruto de otra generación, diferente a la actual.
Mientras eso no suceda, me declaro una resentida con la clase gobernante chilena. Ni país amigo ni hermano. Somos vecinos y por el bien de ambas naciones que nuestras economías se encaminen por buenos términos. Pero confiados, nunca más. Por la Guerra, por el cautiverio sufrido por Tacna y en honor al Almirante más querido de nuestro país, aquél que sí tuvo decencia, que no se llevó ningún botín, que recogió los restos del mayor heróe chileno y que consoló a sus deudos: ni olvido ni perdón.

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