Siempre habrá un lugar que te ha visto crecer y ser feliz, y ese, para mí, es mi Boca del Río. En verdad es el único lugar al que siempre he regresado todos los años en la época de verano y al que espero regresar por el resto de mi vida, así sea para pasar un solo día en sus hermosas playas y contemplar sus inigualables atardeceres. Y es que los mejores recuerdos de mi infancia, mi adolescencia y ahora mi adultez (¡¡!!) los guarda esta playa que no dejo de añorar cada vez que llega el verano y por aras del destino me encuentro lejos de ahí.
La cosa era simple: dos meses, a veces menos, a veces más, de puro entretenimiento alejada de la rutina y la cotidianeidad, viviendo todo el día con la puerta y las ventanas abiertas de la casa de playa de mis abuelos, andando con mis amigas por sus callecitas llenas de conchuelas, a veces hasta descalzas (oh sí, para hacernos las recontra playeras), yendo y viniendo del "pueblo", y respirando pura libertad, y es que, en aquellos años, tenía la sensación de que en la Boca del Río una se hacía más grande, que madurábamos de un tirón, y ello, qué duda cabe, porque los primeros amores, algunos duraderos y otros no tanto, las primeras experiencias chupísticas, entre otros, se dieron en ese pequeño rinconcito del sur del Perú.
Cómo no recordar mis chapuzones en "Las Conchitas", mi playa por excelencia porque la casa de mis abuelos da justo a esa pequeña poza; una poza que, así de chiquita alberga a grandes y pequeños, en la primera, segunda, tercera y cuarta roca. Cómo no recordar que en esa playa mi abuelo me enseñaba a nadar y a lanzarme de cabeza de las populares roquitas que sólo los que nos hemos bañado infinidad de veces ahí las conocemos.
Las tardes en "Las Conchitas", cuando niña, equivalían a recorrer con mis amigas las rocas que se encontraban más alejadas de la orilla; eran épocas en que la máxima diversión era caminar por aquellos peñascos, ponerle nombre a todas las pozas que encontrábamos dependiendo del molusco que las habitara y esperar los chorros de agua de los canales naturales formados por la peñas a las que bautizamos con el nombre de "las duchas". No había nada más divertido que esperar el chorro de agua que nos regalara la ola. Y así pasábamos las tardes, jugando en las rocas, recolectando conchitas, inventando canciones nada inocentes, creciendo y descubriendo poco a poco la aventura de la vida, esa que por una extraña sensación se iba mostrando con mayor claridad en la convivencia veraniega de cada año.
Como no podía ser de otra manera, conforme íbamos creciendo, la rutina iba cambiando, y entonces los días de playa se trasladaron a "Playita Brava", aguas nada mansas que más de un susto nos dieron, y en las que eran infaltables los populares revolcones con pérdida de colet incluida.
En las noches no había quien nos detenga. El destino de todo niño era y sigue siendo la popular canchita de "Las Conchitas". Una pequeña loza deportiva que congrega a sus veraneantes, no sólo para espectar los eventos deportivos, sino también para jugar, conversar y encontrarte con los amigos de siempre.
Pero las noches también eran propicias para las fogatas. Ya sea en "Las Conchitas" o "Playita Brava", a veces con comida, otra veces no, las noches las pasábamos contando chistes, historias de terror, jugando a la pluma, y si faltaba leña, la tradición era robarse muebles viejos de alguna casa deshabitada. Otros días la diversión era sinónimo de ir "al tiro", algo así como un parque de diversiones recontra misio donde jugábamos a "achuntar" con las bolitas y el popular "taca - taca" o fulbito de mesa, siempre haciéndole trampa al "tacataquero" pues en un descuido, no faltaba el paloma del grupo que sacaba una bola más para jugar una pichanguita adicional sin pagar. Ya jóvenes la diversión consistía en ir a los módulos, especie de bungalows que en su mejor época estaban atiborrados de gente libando cerveza. La gracia de los módulos consistía en recorrer éstos encontrándose con medio mundo mientras tomábamos los no menos conocidos "margaritos" de Cusqueña, que increíblemente se compraban por cajas en aquellas épocas; y, si la gente quería bailar, entrar en la única discoteca que abría en el verano. Juergas que se prolongaban hasta la salida de los primeros rayos de la luz del sol.
Y como cualquier otra playa, llegaba cada año el día de los carnavales. Pero en nuestra playa estos juegos equivalían a que las chicas nos escondiéramos, si era posible, todo el día en casa, para evitar ser pintadas con betún y ganarse con una buena manoseada;cosas de niños decían. Lo cierto es que esos juegos no eran nada santos, pero igual una los disfrutaba, situación que ha cambiado pues ahora se realiza un tradicional pasacalle con carros alegóricos incluidos y espuma sana que no mancha, no mata ni viola, sólo moja.
El verano no podía estar completo sin darnos un paseo por el cerro, donde se encuentran el faro y el Cristo de la Boca del Río, y a veces bajar por la parte posterior de éste para terminar al otro lado del río. Tampoco podíamos regresar a Tacna sin ir a bañarnos al río, untarnos con ese barro cargado de minerales saludables para la piel (supuestamente) y bajar desde la parte más alta de éste dejándonos arrastrar por sus apacibles y chocolatadas aguas hasta la pequeña laguna ubicada antes de la desembocadura del río en el mar. Así también los paseos a la playa "Pozo Redondo", donde llegabámos en carro, era infaltable todos los veranos, y, por qué no, la travesía a las playas cercanas a "Llostay" a extraer machas, de esas que habían por montones en aquellas épocas. Ni qué decir de la tradicional fiesta de la canchita, que a manera de cierre de temporada, se realiza religiosamente el último viernes de febrero, reuniendo a los veraneantes de "Las Conchitas" y playas aledañas.
Y así, cada atardecer, cada paseo por el malecón, cada peña que volvemos a pisar, que ahora parecen tan insignificantes y pequeñas, cuando en ese entonces nos parecían imponentes y mágicas, guarda un recuerdo al que nos aferramos cada vez que volvemos, como quien no quiere crecer y quiere volver a aquellas épocas, como si nuestra playa nos recordara, cada vez que vamos, que todo tiempo pasado fue mejor, pero que así es la vida, como el agua de la Boca del Río, heladísima, pero finalmente "rica", brava pero más acogedora que cualquier otra, un lugar al que siempre querré volver porque definitivamente nos vio crecer y sobre todo ser felices.
| Atardecer en la playa "El Planchón" |