martes, 10 de septiembre de 2013

Hasta siempre Javier Diez Canseco

Mentiría si dijera que no lloré cuando me enteré que había muerto Javier Diez Canseco. Sería deshonesto negar que se me hizo un nudo en la garganta cuando, a mediados de febrero, me enteré por él mismo que padecía de un cáncer agresivo. Y es que es difícil explicar porqué tanto pesar ante la partida de este hombre. Quizás sólo pueda resumirla en una palabra: admiración. En mi etapa de adolescente recuerdo que no me caía nada bien Javier Diez Canseco. Lo consideraba hosco, molesto, rabioso, incisivo, siempre con el ceño fruncido, con el gesto adusto de aquéllos que no se soportan ni así mismos, y, sobre todo, un izquierdista extremadamente  "rojo" de ideas cavernarias considerado un peligro para nuestra sociedad. Y creo, sin temor a equivocarme, que esta malsana impresión que tenía de él se debía no sólo a mi ignorancia en la política, sino a los constantes ataques de los medios de prensa de derecha, que es la que más abunda en los quioscos de la esquina y en la caja boba, de los cuales siempre fue víctima. Pero, con el pasar de los años, con la adultez que, aunque no querramos, llega, mi impresión de este hombre fue cambiando. Recuerdo una vez, cuando todavía realizaba mis estudios de pre-grado en la universidad, haber conversado con mis papás sobre Javier Diez Canseco, y recuerdo haber hablado mal de él, y decir a mi mamá, que era un buen fiscalizador, que investigaba los delitos, que en otras palabras, era la piedra en el zapato de todo gobernante de turno. Creo que desde ese momento comencé a percibir a otro Javier Diez Canseco, y creo también, que los años no pasaban en vano y que de tanto ver todas la noches el programa de Rosa María Palacios en América TV, del cual él era caserito, empecé a cambiar el concepto que tenía de él. Y entonces, atrás iba quedando el Javier de ideas trasnochadas, el dinosaurio rojo que sólo buscaba "fregar al país", y por el contrario, comprendí que, era más inteligente de lo que pensaba, que sus ideas no eran de un burdo izquierdista que buscaba la confrontación ente ricos y pobres, o que quería implantar el comunismo (ese que nunca ha existido) en donde no haya ni un atisbo de inversión ni de empresa privada, donde el Estado sea el todopoderoso y defina nuestro destino. Por el contrario, me animé a conocer un poco más de su vida, de la que en estos días se ha hablado hasta el hartazgo. Así fue como empecé a respetarlo como político y ser humano. Y es que estoy convencida que no todos seríamos capaces de poner en riesgo la vida por mantenernos consecuentes con nuestras ideas, porque fueron pocos los que no sucumbieron a la dictadura de Velazco y a la corrupción de Fujimori y él, por el contrario, se les enfrentó. Porque no todos seríamos capaces de abogar por los olvidados y desfavorecidos, teniendo atrás cientos de lobistas tratando de sacar ventaja del cargo ostentado a cambio de unos dólares. Y es así como, este hombre que renunció a su dinero desde muy joven, que combatió a las más duras dictaduras, que luchó por el voto para los analfabetos, la no discriminación por razones de sexo, los derechos de los discapacitados, los jubilados, y por todos los trabajadores, me pareció muy simpático, a tal punto de pensar que, mientras Javier Diez Canseco estuviera en la política, se encargaría de hacerle frente a los gobernantes de turno cuando traicionaran a su pueblo, lo cual hizo incluso con el actual gobierno.
Y cuando me enteré de la infame sanción que le impusieron, no dude en averiguar y sacar mis propias conclusiones, y ahí estaba nuevamente Javier Diez Canseco, haciendo gala de honestidad y decencia. 
Pero finalmente la enfermedad lo venció, y me sentí desprotegida, pensé quién podría suplir la falta que nos haría, y no encontré a nadie. Seguramente en nuestro país existen hombres y mujeres como él, luchadores, correctos, consecuentes y coherentes, pero me temo que tendrá que pasar mucho tiempo para que alguien como Javier Diez Canseco vuelva a ser parte de nuestra nauseabunda política y diferenciarse de ésta.
Y por eso no dudé en ir a su velorio. Nunca lo había visto en persona, ni lo quise ver yaciendo en el ataúd. Fui porque quería sellar la tristeza, decirle adiós a este hombre, y con ese mar de gente que también lo fue a despedir, convencerme a mí misma que los grandes hombres nunca mueren, que las ideas perduran, y que los buenos ejemplos están para seguirlos.
Sólo así comprendería que la muerte trasciende a los seres humanos cuando la vida constituye un canto a las vidas de los demás.
Hasta siempre Javier Diez Canseco

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