Hace varias semanas atrás, y en vista que el tiempo me sobra para pensar las más disparatadas estupideces y las no tanto, me vengo cuestionando todo lo que captan mis sentidos. Trato de no hablar mucho porque sé que aburro a las personas que me rodean con los mismos cuentos de siempre, pero esta vez seré franca, ¡me estoy volviendo conspiranoica! La duda tal cual la describía Descartes asoma a mis narices de cuando en vez. Dudar, sin níngún fundamento, tampoco, pero poner en tela de juicio todo lo leído y escuchado parece ser mi deporte favorito en vista de no practicar ninguno. En cuanto a ello, resulta ahora que, con las noticias de la muerte de Bin Laden, me vuelvo a preguntar si realmente me tragué el bendito cuento de los gringos sobre policías y ladrones. De la guerra del bien contra el mal. De los santos contra los diablos. Maniqueísmo puro creo yo. Y claro, todo ello aunado al hecho que los medios de comunicación vienen cumpliendo el papel que el sistema imperante le ha dictado que cumpla. Me dijeron cuando era una incauta estudiante del curso de la Teoría Económica del Derecho, que vivimos en la era de la información, que hoy como nunca antes en la historia, la información es asequible a todo aquél que la requiera, y entonces palabras como comercio exterior, comercio de servicios, firma electrónica, e-commerce y demás términos fueron temas recurrentes en aquellos días. Se cumplió el sueño de D'Alembert y Diderot cuando en los albores de la Ilustración crearon la Encicopledia. ¡Hoy la Enciclopedia es Wikipedia! me dije, ahora no lo es tan cierto. En aquellos tiempos me olvidaba del mensajero, del informante, en fin, de los intereses, poderes y demás.
Retomando el asunto de Bin Laden, decía que no me la trago. Viniendo de quien viene la información, es difícil creérsela. Estados Unidos, el país que proclama llevar el baluarte de la democracia y la paz por todo el mundo, ha participado, por no decir iniciado y provocado, en las más atroces guerras acontecidas durante el siglo XX y primera década del S. XXI, siempre bajo una excusa o mentira que infunda miedo en la población y ensalce los valores que dicen defender sus gobernantes de turno. Los atentados "terroristas" al World Trade Center, no son la excepción. Analizando los hechos ocurridos en ese fatídico día así como las reacciones del gobierno yanqui, me rehúso a creer la versión oficial dada por el señor Bush y su sucesor. Ojo que no niego la existencia de tales atentados, ni las miles de muertes ocurridas, sin embargo, sí me merecen ciertas dudas el origen de los mismos, no porque un lunático o grupo de anti-imperialistas lo digan sin más razones que las aparentes, sino porque, he podido observar que son ya muchos grupos de personas, entre familiares de las víctimas, supervivientes, químicos, físicos, ingenieros, arquitectos, así como militares y ex militares de las FF.AA. de los Estados Unidos, que han unido sus voces pidiendo que se realicen nuevas investigaciones sobre lo ocurrido aquel 11 de septiembre. No me detengo en este punto pues será materia de otro post.
Las constantes contradicciones del gobierno norteamericano respecto a la muerte de Bin Laden, así como las hilarantes historias contadas, me provocan nuevamente las ganas de dudar respecto a su hallazgo y posterior muerte. Primero dijeron que estaba armado, luego que no, que puso resistencia, luego que no, que junto con él encontraron a una de sus esposas, luego que no, que hubo un intenso tiroteo, luego que no. Versiones más, versiones menos, al parecer los soldados norteamericanos que participaron en la emboscada, no se ponen de acuerdo de lo que vieron y de lo que no. Según cuentan las versiones oficiales, se dio con el paradero de Osama gracias a Abu Ahmad al Kuwaiti, personal de confianza de Bin Laden, quien se encuentra recluido en Guantánamo o en alguna otra cárcel de similiares condiciones.
He aquí la parte jocosa y que más de una carcajada me soltó: el señor Osama dormía placenteramente en su mansión fortificada, pijama puesto según las últimas versiones, junto con numerosas computadoras y cuadernos manuscritos donde aparece que tenía planeado atacar ferrocarriles en Estados Unidos para las próximas navidades o en la celebración del décimo aniversario de los atentados del 11 de septiembre; una vez que fue acribillado, a pesar de los denodados esfuerzos de una de sus esposas por protegerlo poniéndose en medio, su cuerpo fue recuperado por las fuerzas norteamericanas. Se dice que los soldados pakistaníes se llevaron dos búfalos, una vaca y cincuenta gallinas de propiedad de Osama, según ha contado Amal Ahmed Abdulfattah, unos dicen hija, otros dicen que es esposa. Para finalizar el relato histórico, cuentan los norteamericanos que, siguiendo la tradición islámica, que señala que el cuerpo debe ser enterrado dentro de las 24 horas de fallecido, lo llevaron a Afganistán y lo tiraron al mar arábigo. De ello surgen las interrogantes ¿Bin Laden planeaba sus ataques terroristas en un cuaderno manuscrito? ¿Los norteamericanos son tan piadosos que respetaron el derecho de Bin Laden a ser enterrado como la tradición musulmana manda, e incluso llevarlo hasta Afganistán, tierra de sus operaciones? ¿Enterrar es igual que lanzar al mar? y finalmente, ¿Bin Laden era granjero?
Por lo pronto, es más que obvio hacia donde se inclinó la balanza. Obama acaba de lanzar su campaña presidencial para el 2012, Obama es el hombre que impidió la consumación de un nuevo ataque terrorista en algún ferrocarril de los Estados Unidos, la atención pública se desvió de la guerra librada en Libia, y con ella la reciente muerte de uno de los hijos y tres nietos menores de doce años de Muammar Gadafi en manos de la OTAN, la legitimación de los procedimientos de tortura en aras de la paz mundial, justo dos semanas después que los cables publicados por Wikileaks revelaran los ilegales manejos en la cárcel de Guantánamo y, finalmente, Estados Unidos, hoy más que nunca, convertido en el héroe mundial que acabó con el ser humano más buscado y temido en la faz de la tierra.
Menuda historia cinematográfica la que se nos ha contado. O es falsa, o la realidad nuevamente vuelve a superar la ficción y las sospechosas coincidencias.
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