Hace más de cinco o seis meses atrás, el mundo se conmocionaba por la crisis financiera que sufre el continente europeo, específicamente los 16 países que adoptaron al euro como su moneda, ello a partir de la crisis económica surgida a finales de 2008 en Estados Unidos. En ese entonces todos hablaban de los apestados países PIGS – Portugal, Italia (o Irlanda), Grecia y España, vimos como, una por una, se iban desplomando algunas economías que otrora habían significado modelos a seguir por el despunte de sus economías en relativo poco tiempo. Primero fue Grecia, luego Irlanda, y hoy por hoy, se teme sigan la misma suerte otros países de la llamada eurozona. Siguiendo con el recuento, hace aproximadamente tres meses atrás presenciábamos los inicios de la revolución magrebí que, muy a pesar de los más renombrados analistas internacionales, nadie pronosticó que meses después la revolución correría cual reguero de pólvora, contagiando a más países de la región. Ya son tres los países árabes del norte de África que han sufrido drásticos cambios de gobierno en apenas tres meses, ello sin contar con las protestas en países como Yemen, Bahrein, Argelia, entre otros. La ola de cambios en el mundo árabe significó virar hacia oriente, echar un vistazo a lo que ocurre más allá de nuestro continente, y finalmente despertar con sobresalto de nuestro aletargado sueño – pesadilla que vivimos los llamados “occidentales”. Eso ya era mucho. Descubrimos que no todos vivíamos en, al menos, un modelo que apunta a la democracia, que el medio oriente no era sólo Afganistán e Irak, que la vida en otros países es sinónimo de opresión, dictaduras y satrapías. Con la revolución líbica, la ola de cambios llegó a límites insospechados. Muamar El Gadafi no es Ben Alí ni Mubarak. Libia vive hoy una grave crisis social y política, que no tiene cuando acabar. Gadafi anunció que no dejará el poder, el país se desangra por una guerra civil, y la ONU así como otros organismos internacionales no llegan a un consenso para determinar si intervenir o no, y de qué forma. Si a ello le sumamos las noticias que no hacen noticia, vemos como la crisis política y social de Costa de Marfil, la reconstrucción de Haití, la ola de violencia en México, el problema político en Bélgica, entre otros, el panorama mundial anuncia momentos de crisis y grandes cambios.
Cuando pensábamos que, como planeta, habíamos presenciado todo lo caóticamente posible, el pasado viernes 11 de marzo despertamos con la devastación japonesa a causa del sismo de 9 grados en la escala de Richter seguido por un tsunami con olas de más de 10 metros, y la actual crisis nuclear ocurrida en la planta de Fukushima, situación que se agrava cada vez más con el correr de las horas.
Por varios días los medios de comunicación nos informan de lo que acontece en el país nipón tristemente golpeado por los embates de la naturaleza, y da la sensación que, la revolución árabe, la guerra civil en Libia, la crisis política y social en Costa de Marfil, los cientos de miles de desplazados en estos países, la crisis del euro, entre otros, fueran problemas resueltos, del pasado reciente. Ante ello me pregunto ¿Nos hemos acostumbrado a las malas noticias a punto de habernos vuelto insensibles ante el sufrimiento ajeno? O es que, ¿Los acelerados tiempos que nos han tocado vivir acortan el tiempo disponible para dedicarlo a reflexionar y actuar conforme a nuestros principios y metas como seres humanos? O simplemente ¿Somos producto del actual sistema económico, social, filosófico y político en donde lo individual siempre primará sobre el interés colectivo? La segunda década del siglo augura cambios por venir, anuncia sin desparpajo que vivimos en la era de la incertidumbre, en la sociedad del riesgo, en donde las desgracias de unos traerán beneficios a otros, en donde el ansiado bienestar colectivo, o bien común, se asemeja más a una utopía que a una realidad cercana y venidera.
Y en medio de ese panorama, los medios de comunicación nos seguirán informando las noticias más alarmistas a las que ya estamos acostumbrados a leer, ver, escuchar y recepcionar con la misma pasividad y apatía. Hoy los diarios no hablarán de libias ni de costa de marfiles, hoy hablaremos del peor terremoto, tsunami y crisis nuclear de las últimas décadas ocurridos en Japón. Cuando la conmoción y el miedo pasen, posiblemente tendremos la peligrosa sensación de que nada ocurrió, y en el mejor de los escenarios, que todo se resolvió. Volveremos a ser los mismos de siempre, volveremos a nuestro aletargado y efímero sueño – pesadilla.
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